jueves, 30 de julio de 2009

LA SEDUCCIÓN DEL DELINCUENTE

 El modista Christian Lacroix declaraba en la revista Vogue: 'Es terrible decirlo, pero los atuendos más interesantes son los de los pobres'. Este convencimiento, en apariencia provocador, dista mucho de ser una opinión singular y, mucho menos, rara en el mundo actual de la moda. Algunos fabricantes de calzado como Hush Puppies o los creadores de jeans como Guess han adoptado en ciertas colecciones las formas, los colores y los gustos de gentes marginales a las que, entre otras cosas, se las suponía carentes de todo, incluso de gusto.

Pero el mal gusto o el gusto invertido de lo correcto es el nuevo gusto. Algo bello resulta ahora obvio, redundante, carente de sex appeal. La nueva calidad de la estética se encuentra en un punto del disgusting en un grado más allá de lo que de golpe parece hortera, cursi o desarreglado. En el desarreglo del color, en los márgenes informales, en el linde del kitsch, se halla un filón del arte de nuestros días. Como también, hablando de la moda, las ropas de jóvenes en situaciones laterales, los vestidos de aquellos jóvenes que soportan, a la fuerza, una vida en el filo de la ley, entre el límite del riesgo y al borde de la sociedad, se reciclan hoy -como se reciclan las basuras y desechos- en la fashion de nuestros tiempos.

Estos pantalones caídos, sin cinturón, que reproducen la indumentaria de presos privados de cinturón en las penitenciarías y ambulando descuidadamente, han sido adoptados por muchas de las principales marcas de jeans. Pero además, tanto Armani como Calvin Klein, Hugo Boss o Ralph Laurent han colocado a lo largo del elástico de los calzoncillos el nombre de sus firmas previendo que los pantalones caídos dejarían ver las enseñas. Diversos detalles del extrarradio, propios de negros en Estados Unidos, como la gorra con la visera a un lado, los collares dorados y trenzados en las chicas, las trenzas en olas, las grandes zapatillas desatadas, forman parte del surtido que la moda general ha importado desde las imágenes suburbiales hasta las pasarelas. El último bolso de Louis Vuitton decorado con pintadas del artista Stephen Sprouse o el modelo de Chanel con un ojo morado siguen esta moda callejera que levantó sensación en el último desfile otoño-invierno de Nueva York con creaciones de Marc Jacobs.

De dos maneras, los suburbios se comunican hoy con los centros urbanos y a través de la moda: una dirección procede desde los mismos centros de creación que, como Hush Puppies, Tommy Hilfiger o Guess, producen artículos (en colores fluorescentes, en estampados de color naranja, en formas llamativas) que responden al gusto de jóvenes marginales y que, aunque parezca mentira, componen una masa de consumidores nada desdeñable en la cifra de ventas. La moda cara e internacional llega a los pobres acomodándose a sus gustos propios del barrio. Pero también, y ésta es la segunda dirección comunicativa más intensa, los pijos se sienten especialmente atraídos por los elementos que visten los marginales y las marcas han asumido este deseo eficazmente. La cercanía hacia ese mundo marginal ha ido creciendo tanto que en la actualidad, según puede ojearse en publicaciones como Vibe en el extranjero o Neo2 en España, rappers como Beenie Man y Bounty Killer se fotografían con jerséis de Armani o sombreros de Ralph Laurent, mientras otros han exhibido gafas de Calvin Klein y zapatos de Kenneth Cole. Se trata de prendas inspiradas en mundos pobres y vendidas a precios ricos, prendas lavadas de la presunta adherencia de lo real, pero idénticas a las que lucen sus modelos espontáneamente.

Delitos y cárcel

Los chicos y chicas de clase bien adquieren así, mediante estas ropas y aderezos, los signos del delito sin padecer la cárcel, la sombra de ser asesinados sin el riesgo de morir a manos de la policía o de una banda. Adquieren, en fin, signos de aventura contra el sistema, de rebeldía contra las instituciones, de subversión y marginalidad como una calidad agregada al pantalón, las zapatillas, el chaleco o a la chupa recién salida de las factorías. Así, según se informa en el capítulo a cargo de Alex Kotlowitz en el libro Consuming desires, las ventas de la famosa firma Tommy Hillfiger crecieron en un 47% en los nueve primeros meses del año fiscal 1996-1997, y esto se atribuía a la popularidad que sus ropas habían adquirido en la Madison St. de Chicago. Pero había más: efectivamente, la popularidad de la marca había crecido en ese lugar selecto y gracias precisamente a su populismo de extrarradio, pero incluso los habitantes del extrarradio la compraban. Hillfiger se hizo famosa en los barrios chic de la ciudad mientras lo fue furiosamente también en los distritos miserables.

A esta paradójica tendencia de doble dirección se la llama hoy 'romantización de la pobreza', y ya hay ejemplos de sobra en las plazas, las calles, las revistas y las discotecas de España. Contra el lujo ostentoso, fácil y vulgar, la creatividad de los entresijos; contra la sosería de lo hermoso, la suculencia del posible adefesio; contra el fracaso del orden, el éxito de la insumisión. El estilo grunge que pusieron de moda los cantantes duros de hace treinta años se ha prolongado con las indumentarias de las figuras rap, los personajes callejeros, los camellos, los emigrantes, los wiggers, los neodelincuentes,los okupas ,los bronquistas.
por Vicente Verdú.

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