sábado, 28 de mayo de 2011

Barditus-Ave Roma

Canciones populares-Si madrugan los arqueros


Si madrugan los arqueros
Dios ayuda a los arqueros.

Es mi castillo la tienda donde habito.,
mi Rocinante es el viento del pinar,
es mi Tizona la letra de mi estilo
mi Dulcinea es el alba sobre el mar.

Si madrugan los arqueros ...

Es mi coraza la fe que me entregaron,
mi firmé lanza mi firme ley de amor,
mi santo y seña por todos los caminos:
"Vale quien sirve". Servir es un honor.

Sí madrugan los arqueros ...

mis compañeros salieron con el alba
sobre los arqueros llevaban la canción:
"Sic vos non vobis", cantamos los arqueros
nuevas gargantas y un mismo corazón.

Si madrugan los arqueros...

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jueves, 19 de mayo de 2011

AMICI DEL VENTO-Non parlare



Silencio ,no hablar ,mejor ni respirar ,te han enseñado a no protestar ,a no tener nada que decir.
A cerrar los ojos y no ver ,agachar la cabeza y nada que admirar
A decir simplemente si ,sin quejarte ,a no cuestionar la historia ni pensar ,a no tener nada que negar.
Asi han creado una nueva moral ,asi una nueva sociedad ,de las montañas a los campos donde llego el comunismo y su libertad.
Recuerda tu casa en los rubios campos de Ucrania ,te han enseñado a no recordar ,demasiado dolor para ser olvidado
Tu casa era un tablero sobre campos de sangre hacia siberia ,como el sol que se aleja.
Si ,fue como siempre ,los tanques entrando en la ciudad ,mas esta Europa de cobardes fue la que llamo a la democratizacion.
Y por el mundo va este olor nauseabundo ,afectando a las personas que han vendido su corazon,y es que hay que pagar a los asesinos de la estrella roja.
Mas los asesinos de la estrella roja aun tienen zanjas que cavar.

lunes, 2 de mayo de 2011

FEROZ Y SAGRADAMENTE HUMANO


A veces mi hija me mira muy quieta, en silencio, y entonces yo noto que todo se detiene. No hacen falta las palabras. Hay una conexión más allá del tiempo y de lo concebible. Hay milenios de vida uniéndose en nuestras expresiones. Genes que siguen activos desde el inicio de todos los inicios, que han visto las glorias y miserias del mundo a través de las generaciones. Y que se encuentran de nuevo.

Es un milagro que ocurre cada vez que padres e hijos se miran de verdad. Solo hay que saber apreciarlo en toda su dimensión.

Me asomo al balcón de una pequeña pupila verde oscura y veo que se agranda con la curiosidad, que quiere captarlo todo, que desea recibir el amor del mundo, que centellea con una expresión de inocencia que ilumina cualquier oscuridad.

En los ojos de mi hija, que son los ojos de los niños del mundo, veo el espejo del que fuimos expulsados a través de convencionalismos y aceptaciones contrarias a la esencia de la vida. Ruedas de molino, cada vez más grandes, llenas de demagogia políticamente correcta, que nos hacen tragar. Quizá por eso, por ir aceptando esas normas mezquinas e irreales que interesan a algunos pero que no potencian la verdad del alma humana, su mirada no se parece ya a la nuestra. Y nunca se parecerá. Porque hay algo en esos ojos que nos reconcilia con el eco lejano de lo que un día fuimos. Con lo mejor de nuestra especie. Con el deseo de SER.

Y el deseo de SER es sagrado. Desde el principio. Ir en contra es colocarse donde tantos se colocan. Donde yo nunca querré estar.

En esos ojos percibo el destello de la única verdad en la que creo. El culto a la vida. Al derecho a ser feliz. Al derecho a recibir amor.

Algo tan simple como eso. Algo tan eterno como eso.

Por eso confieso haber llorado esta noche. Confieso haber sentido el dolor de cada una de mis células. Confieso haber sido atravesado por pesadillas interminables en las que imaginaba la última mirada de una niña de dieciséis meses en su oscura noche de los inocentes.

El contraste es poderoso y significativo, la luz y las sombras. Regresaba de una maravillosa actuación del Circo del Sol. Una vez más, maravillado con la creatividad. Empequeñecido por el arte de otros. Fascinado ante una nueva expresión del talento humano. Talento que siempre es esperanza. Pero al llegar a casa, en la noche, la noticia. Como un puñal.

Cuando uno es padre, cuando uno ama de forma que nunca hubiese imaginado, cuando uno se alinea con lo que significa la pulsión de la vida, un suceso como el de ayer es un mazazo tan profundo se nota físicamente el vibrar de la sangre. Ya nada se ve igual. Nada se siente igual. Se ha obrado el misterio de la vida en uno mismo.

Esto era vivir. Esto era sentir. Esto era doler.

No era mi hija, pero era hija de la vida. No era vuestra hija, pero lo sentís, padres y madres, porque tenía ese derecho a ser feliz.

Y un miserable se lo ha quitado. Un maldito le ha arrancado de cuajo su oportunidad de ser. A pesar de que esa niña, seguro, le miró con las pupilas muy grandes por última vez. No podía ser de otro modo. El miedo, el terror a los dieciséis meses. Sin su madre. Sin nadie.

Por desgracia hay infraseres, guiados por otras pulsiones que nada tienen que ver con la vida, que no se detienen ni ante eso. Ni ante la mirada más paralizante que nadie pueda imaginar en el mundo. No se paran ni ante algo que solo puede inspirar amor y verdadera compasión.

Y esos monstruos, dicen, son como nosotros. Como los demás. Todos somos iguales, amigos. Vaya rueda de molino. La más grande de la Historia. El bien y el mal igualados. A eso vamos poco a poco. Con ira no se arregla nada, farfullan algunos sabios. Ese es el nuevo credo. La nueva ley. Pobrecitos. Derechos para los que hacen el mal más inconcebible, dicen. Compasión, pero sobre todo para el verdugo miserable, claman otros sin que se les caiga la cara de vergüenza.

Es el sistema lobotomizador y alienante en marcha. Y contra ese nadie parece alzarse. O muy pocos. Lo correcto, lo aceptado, eso es lo único que vale. Es el democrático sometimiento global.

De la horrenda noticia, del hecho que hace trizas mi alma ahora mismo, se olvidará una gran parte de la sociedad. Llegarán los goles, el affaire de un famoso, el nuevo móvil, el chiste por internet o incluso, por qué no decirlo, el caso de miedo espeluznante que algunos esperan por la radio. Y todo, incluida la última mirada de vida de una niña en la oscuridad de las sierras de Almería, pasará. Pasará porque hay que vivir muy deprisa y no hay sitio para todo lo novedoso. Y además, reflexionar sobre lo que pasa y cómo permitimos que pase, y los sistemas que fallan para que pase, sería demasiado grave.

De lo que no se olvidará la sociedad es de pagar sus tributos, de obedecer. De pagar hasta la comida de la sanguijuela que ha arrancado la vida de una niña de 16 meses en la noche de los inocentes.

De eso no nos olvidaremos, seguro. O pagaremos nosotros. Que los inocentes pagamos más. Siempre.

Y mientras escribo esto, como nunca antes, percibo que mis manos se arquean y se vuelven garras. Que a mi pesar, que a pesar de mi inicial intento de racionalizar y controlar algo que bulle en mi, eso se despierta creciendo y proyectándose desde algún hueco del alma; allí donde moran las cosas auténticas y esenciales de lo Humano. Esas que nos obligan a ocultar esta panda de modeladores sociales. Estos nuevos credos. Estos generadores de opinión. Estos que yo detesto. Estos ante quienes me rebelo sean quienes sean. Estos que están minando lo que de verdad importa, pontificando con una lejanía, con una falta de empatía, que me espanta.

El dolor es tan profundo que eso mismo que miles de personas han sentido en cada rincón de España, esa tristeza primitiva y por tanto más verdadera que ninguna, esa rasgadura en el corazón, parece que cobra forma y se une, se densifica como un egregor antiguo y poderoso. Lo notamos esta mañana. Lo notáis.

Esa corriente va más allá de la indignación y las palabras. Esa fuerza es anterior al lenguaje, las normas y las leyes. Esa cosa esencialmente humana y feroz, pide justicia. Esa energía que han sentido ancianos, padres, madres, jóvenes y seguramente muchos niños, da mucho miedo a los poderosos. Nos hablarán de irracionalidad. De control. De dejar que las leyes hagan lo que tienen que hacer. Y que nos olvidemos, claro. Que sigamos en el redil. Que nos preocupemos de las siguientes noticias que hay muchas. De las palabras de pésame políticamente correcto. Del camino a seguir para no ser marcado. De la compasión, de los derechos del delincuente. De que hay que proteger a los que obran mal. Y a lo mejor, con un poco de suerte, nos lo volvemos a cruzar por ahí. Es lo que tiene el sistema. Qué maravilla. Oportunidades para todos.

Menos para la niña.

Ya nos sabemos la retahila. De sobra y de memoria. Ya sabemos que cuando esa indignación se une, con un sentido de dolor ante la injusticia, enseguida intentará ser sofocada. Hay ejemplos. Como cuando hace quince años la gente se indignó de verdad; pero no por recortes, trabajos, leyes, despidos, cuando se indignó e inundó las calles en una marea interminable, sin consignas ni banderas, porque iban a matar a un inocente. Entonces salió lo profundo del ser humano, insobornable, real. Verdadero e incontrolable. Tanto que aquello no interesó a nadie. A nadie de los tejedores de las realidades sociales, claro. La verdad en el corazón de la gente es contraria a los intereses de quienes diseñan el mundo. Entonces, como ocurrirá ahora, muchos corrieron a sofocar con el extintor del alucinante buenismo. Con palabras aprendidas y vacías. Con códigos de conducta para que nadie sea totalmente libre y cada ser tenga miedo de expresar lo que siente. Para que aceptemos sin rechistar.

En ese mundo vivimos.

Un mundo que nada tiene que ver con la mirada de un niño. La mirada inocente de un niño no merece este silencio. Este aborregamiento. Este considerar que la vida de un delincuente, alimaña abisal, vale lo mismo que la de una niña de dieciséis meses secuestrada poco antes de la noche de los inocentes.

Seguro que los que intentan reconducir todo hacia el raciocinio, hacia la comprensión, hacia el discreto olvido no vaya a ser que los sentimientos se adueñen del panorama, no han llorado como yo. No han sentido esta noche el dolor de cada célula como yo. A lo mejor no han mirado al universo de las pupilas de sus hijos como yo.

Ahora toca fijarse en otras cosas. Confiar en la ley, aseguran. Todos obedientes. Pensar en destinar parte de nuestros impuestos en pagar el sustento a seres que han cometido una abyección como esta. Reinserción, llegan a mencionar algunos. Y a callar. De lo contrario, señal, estigma, sambenito. Tú no eres racional. Tú estás fuera de lo aceptado. Tú no eres progresista. Tú no eres políticamente correcto. No se puede ir por la vida con sed de venganza.

Es la falta de empatía con la vida lo que me sorprende…La vida de una niña. Solo con esa lejanía, ronzando la psicopatía social, se puede mostrar uno frío y distante, racional, sereno, ante un hecho como el ocurrido hace unas horas. Eso pienso.

Y me asombra. Me horroriza. Me aterra. Porque lo que yo quiero es maldecir. Invocar si pudiera a los dioses más oscuros de la Humanidad y la Historia para que convirtieran en un infierno cada uno de los días de ese ser amoral, de ese desecho, que en mitad de la noche no se apiado de la mirada de una niña de 16 meses.

En ello confío. Y creo que hay una ley superior a lo humano, quizá incomprensible para nuestro entendimiento, pero que cumplirá con su parte. Inexorablemente. Porque no hay perdón ante un acto así. Porque es contranatura a un nivel que trasciende nuestras estúpidos convencionalismos.

No me da la gana evitarlo. Me sale un alarido de siglos, medio animal, que es lo que soy. Y desearía algo mucho peor que la muerte física para alguien que ha descendido hasta una atrocidad semejante. Quiero maldecir y no comprender al malvado. Quiero que se sepa maldito y no protegido. Y los buenistas, los fríos de espíritu, los que no han entendido que es incompatible la vida con los demonios humanos, porque no creen en ellos, porque nos piensan a todos iguales, que no me digan lo que debo hacer. Lo que debo pensar. Que me dejen ser libre y gritar mi dolor como aúlla el lobo a la noche. Y que ni se me acerquen con su monserga.

Porque, en definitiva, no soy de la misma raza de los que no sienten.

Ni quiero serlo.

La vida de un niño es sagrada. Entiendo que para muchos no. Porque de lo contrario sería imposible que nos intenten enfriar ante un hecho así. Que acudiesen a no sé que tratados y que dictámenes para respondernos con frases hechas. Para que no sientan lo que yo siento.

Por estas cosas, y por otras muchas, uno empieza a no comprender el mundo en el que vive. Un mundo donde hay belleza, creatividad. Pero al mismo tiempo un mundo oscuro donde pasa todo esto. Y donde las reacciones casi espantan tanto como los hechos. Un mundo donde abundan los desalmados. Y no solo entre los asesinos. Quizá por eso a esta sociedad adormecida, temerosa, encarcelada en lo políticamente correcto, le han ido minando, quitando sus cotas de autenticidad y de esencia. Ella se ha dejado. Nos hemos dejado.

Solamente así se puede entender que se mate impunemente a niños que aún no han nacido. Y que casi nadie diga nada. Y que se tenga miedo a decir.

Solo así se entiende el horror de este ser humano que ha llegado a proteger al que mata a un niño y a aniquilar industrial y sistemáticamente al inocente que quiere llegar a vivir.
Nunca lo he entendido. Ahora menos que nunca. Y por eso lo grito.

La muerte de esta niña es un enorme fracaso de nuestro sistema, de nuestra forma de vivir. De nuestra forma de protegernos ante el mal. De nuestra idea de lo justo y de lo abominable. Y no sé si hay esperanza para que un día esto cambie. Y confieso además que no sé exactamente por donde habría que empezar a cambiar. Tendremos que hacer el esfuerzo de llamar las cosas por su nombre. Y de solicitar que se proteja el bien y se acabe con el mal. Sin miramientos. Saber si queremos estar con la luz o con la sombra. Alinearnos decididamente. La vida está en juego.

Pronto cumpliré 40. He visto algunas cosas, he aprendido otras y he contado miles. Pero nada da tanto miedo como esta deshumanización creciente. Me ganaré muchos enemigos con este escrito abominable para los bienpensantes y seguidores de lo políticamente correcto. Me honra que así sea. Porque a pesar de los años, creo y quiero seguir siendo solo eso; feroz y sagradamente humano.

Iker Jiménez